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«ASDUDZMÉ GUE JNTRÉM MIAIN», VERSIÓN EN ARMENIO POR ALEJANDRO CHIPIAN CON GAGIK GASPARYAN DEL TEMA DE LEÓN GIECO «SÓLO LE PIDO A DIOS», CANCIÓN POPULAR EN ARGENTINA DURANTE LA GUERRA DE MALVINAS (2 DE ABRIL – 14 DE JUNIO DE 1982).
https://www.youtube.com/watch?v=Ci2P7bcBV-8&list=RDCi2P7bcBV-8&rco=1
MALVINAS: LA GUERRA DE 1982 Y EL REGRESO EN 2019, POR EL PERIODISTA Y EXCOMBATIENTE ARGENTINO DE ORIGEN ARMENIO CRISTIAN SIROUYAN.
«MALVINAS, EL VIAJE MÁS TRAUMÁTICO».
Para el autor de estas líneas, no hay viaje más difícil de revivir que el realizado a las islas Malvinas en abril de 1982 en calidad de “soldado conscripto clase 63” – una marca de fábrica que había que repetir seguido a grito pelado – o, sin eufemismos, colimba resignado a obedecer órdenes de oficiales y suboficiales.Varias veces, el aniversario de esa guerra absurda encontró cara a cara al periodista -cargando su mochila de veterano protagonista- con alumnos de los colegios de la colectividad armenia Arzruní y San Gregorio El Iluminador.
Cada año, la recordada fecha del 2 de abril replica el inquietante momento que uno acepta transitar para asumir un desafío mayor, planteado cándidamente por adolescentes ávidos de datos precisos y de un relato que refleje vivencias, miedos, proezas y los acuciantes dolores personales y colectivos, marcados para siempre por esa contienda que desde un principio se percibía sin equivalencias.
Con todas sus contradicciones a cuestas, la sociedad que les toca a estos chicos y chicas -de miradas agudas que traslucen su carácter reflexivo- atesora un valor agregado, la lección finalmente aprendida después de haber asimilado a los golpes esas épocas de dictadura irracional y audaces aventuras bélicas: la Argentina democrática sólo concibe formas pacíficas para discutir la soberanía de Malvinas.Está claro que no hay lugar para los nostálgicos de la guerra.
Convencidos de llegar a buen puerto a través del diálogo, los alumnos demandantes interpretan esa experiencia forjada como un viaje envuelto en tinieblas que los transporta a un mundo demasiado lejano, sólo posible de alcanzar a través de la imaginación.
Por suerte para su salud mental, términos como “fal”(fusil automático liviano), “combate”, “trinchera”, “pozo de zorro”, “Zona de exclusión”, “comando”, “gurkas”, “recluta”, “milico”, “estaqueados”, “servicio militar obligatorio”, “Teatro de Operaciones” y “rendición” representan una suma de palabras afines con una película de Hollywood, que suponen extraídas de las amarillentas hojas de un obsoleto manual de guerra. Paz, amor y mucho whatsapp es la consigna que impera.
El final del viaje -contado entre imágenes borrosas, imprecisiones y los inevitables arrebatos de la emoción contenida en envase frágil- dispara repreguntas y las manifestaciones de la buena memoria, basadas en el conocimiento del tema.
Los chicos expresan sin rodeos su anhelo de recuperar la soberanía de las islas por la vía diplomática y esperan una respuesta al reclamo por la identificación de 123 soldados argentinos muertos en la guerra y enterrados sin nombre. Para aliviar una llaga abierta que todavía nos flagela.
«VOLVER A MALVINAS SIRVIÓ PARA CERRAR UN CÍRCULO EN MI VIDA».
37 años después de haber estado en la Guerra de Malvinas, Cristian Sirouyan volvió a esas tierras para hacer una nota para el diario Clarín. El periodista, que fue galardonado con la distinción Hrant Dink del Consejo Nacional Armenio, cuenta en esta nota la importancia de este viaje para su vida.
Siempre me había quedado dando vueltas en la cabeza la idea de volver, como para cerrar un círculo, un momento bisagra en mi vida”, así define Cristian Sirouyan su regreso a Malvinas.
En 1982, siendo clase ’63, realizaba el Servicio Militar Obligatorio en Comodoro Rivadavia, lejos de su casa, ubicada en el Gran Buenos Aires, cuando en abril de ese año tuvo que viajar a las islas en plena guerra.Pasaron casi 20 años para que Cristian decidiera volver a Comodoro Rivadavia, una espina que tenía clavada desde su retorno y que por temores internos no había logrado sacarse todavía. Allí había dejado afectos y amigos, de su tiempo en el Comando de la 9na Brigada de Infantería. “El 50% éramos de Buenos Aires y el resto de Comodoro y otras partes de Chubut. Los locales tenían el muy lindo gesto de acogerte en sus familias como un hermano más”.La posibilidad de volver a esta ciudad del sur argentino apareció en 2001, cuando llegó una invitación de la municipalidad al Suplemento Viajes de Clarín para cubrir los atractivos turísticos. Es así que aprovechó esta chance para pisar nuevamente suelo chubutense, algo que muchos le recomendaban que hiciera, pero él por distintas razones esquivaba: “Ahora a la distancia te arrepentís, pero seguro no era el momento. Son duelos, tal vez estaba más fortalecido en 2001, cuando volví. Me pegó mucho más duro el regreso a Comodoro que a Malvinas”.La vuelta a las islas se dio de una forma similar, pero 18 años más tarde. En esta ocasión, la invitación a periodistas del diario vino en el marco de la inauguración del primer vuelo de LATAM de San Pablo a Malvinas con escala en Córdoba. Él y otros periodistas de Sudamérica aprovecharon la oportunidad para pasar tres días en las islas, para luego escribir una nota de turismo con la expresa advertencia de las autoridades locales de que no sean artículos políticos.En 1982, Cristian había estado tres semanas y media durante el comienzo de la guerra. En pleno conflicto, tuvo la suerte de que cuando empezaron a volar los aviones ingleses, con los primeros ataques, el puente aéreo con el continente todavía no se había cortado, por lo que pudo volver a Comodoro Rivadavia. En su estancia en Malvinas estuvo instalado en la base militar de los Royal Marines, que fue totalmente bombardeada y en la comisaría del pueblo, donde trabajaba registrando las armas que los “kelpers” tenían bajo su posesión.
Durante su visita en 2019 trató de ubicar especialmente ambos lugares donde había pasado la mayor parte del tiempo, con una extensa caminata hacia el lugar donde estaba la base, entonces ubicada a unos 7 kilómetros del pueblo.
El objetivo era repetir el mismo trayecto a pie que había hecho en 1982 cuando tuvo que volver, caminando solo, con muy bajas temperaturas, desde la comisaría hasta el lugar donde pasaba la noche. Esta vez fue con un clima un poco más templado, sin los nervios propios de la guerra y con varios compañeros que decidieron acompañarlo.

Con lágrimas en sus ojos, Cristian no solo rememora estos lugares, sino que cuenta sobre los nuevos sitios que tuvo la posibilidad de visitar en este viaje de tres días: “El lugar que más me conmovió fue en el museo histórico, que recorre toda la historia de las islas. Tiene una sala, dedicada a la guerra de 1982, desde la mirada de los propios kelpers. Que dentro de todo está bastante cuidado y no es agresivo”.La nota posterior, por supuesto, no fue meramente turística. “Como periodista argentino, con lectores argentinos, yo no puedo subir un artículo de alabanzas en el que propongo ‘vayan a hacer turismo a las Islas Malvinas’. Hay un trasfondo que no podés pasar por alto. Escribir una nota 100% lavada, a favor del turismo también es una nota política”.A su vez menciona como en los ratos de soledad en las islas se acordaba de su familia, el recuerdo de sus abuelos y de todos los valores que le habían enseñado: “Cuando te parabas cuatro horas haciendo guardia, mirando al cielo, tu cabeza iba del Royal Marine a Comodoro, de Comodoro a Morón y de Morón a Armenia. Todo lo que te habían transmitido, de lo que tenías que reivindicar como armenio, los reclamos de la Causa Armenia, del Genocidio. Lo atabas mucho a la situación que vivías”.Cristian se emociona al hablar de estas dos vueltas, a Comodoro y a Malvinas, pospuestas por muchos años, pero finalmente culminadas: «No sé explicar por qué razón no cumplía con ese anhelo de regresar en algún momento a los dos lugares, tal vez había temores dando vueltas o miedo, de qué iba a experimentar, qué me iba a pasar internamente». «Por supuesto, no digo reabrir heridas sino recuerdos. Creo que las razones pasaban por ahí”. Hoy, ve ambos retornos como una especie de alivio interno, una forma de cerrar una historia desde otra perspectiva totalmente diferente.
«ENTRE LUCES Y SOMBRAS, CRÓNICA DE UN VIAJE A LAS ISLAS MALVINAS».
Un recorrido de tres días por la típica arquitectura de Puerto Argentino, playas pobladas de fauna marina y los recuerdos de la guerra de 1982.
Bienvenidos a un territorio plagado de luces y sombras, un lugar conmovedor, capaz de sacudir las fibras más sensibles sin siquiera dar tiempo a desensillar. De punta a punta, para la mirada de un cronista argentino, Islas Malvinas es una permanente alternancia de claroscuros.Las contradicciones asoman desde la memoria y salen a la superficie sin esfuerzo, incluso en el apogeo de una jornada inmejorablemente templada por el sol de la primavera.Mientras el paisaje natural invita a deleitar la vista, los testimonios de la guerra de 1982 -sembrados a la intemperie sobre el suelo de turba, piedra y pastizales- remueven esa herida abierta, expuesta a flor de piel.

Ross Road, la calle costera de Puerto Argentino.
La despreocupada presencia de Stefanie y Frank Delahaie sobre la orilla pedregosa de la bahía de Puerto Argentino sorprende en el momento adecuado, cuando la ansiedad galopante parecía lejos de desacelerarse. El bote que los trae hasta la orilla se despega silenciosamente del velero que este matrimonio de aventureros franceses tripula por los mares de Europa y América. La travesía del matrimonio Delahaie y sus dos hijos se inició hace tres meses y medio en Cholet (cerca de Nantes) y ahora, después de encontrar un resguardo en medio de estas aguas barridas por tempestades impiadosas, parece sumido en el reposo del guerrero.

Vista de Puerto Argentino (Pablo PORCIUNCULA BRUNE / AFP).
“Dejamos atrás las costas de Noruega, Islandia, Polinesia, Alaska, Groenlandia, Canadá y el sur de Chile y elegimos anclar aquí por un mes, encantados con las colonias de pingüinos, la simpleza y amabilidad de la gente y la libertad y seguridad que encontraron los niños”, pondera Stefanie, recostada a expensas del sol sobre la playa recubierta de algas, piedras y caracoles.

Iglesia St. Mary en Puerto Argentino.
Sociedad uniforme.
“Aquí no hay clases sociales”, lanza tajante al día siguiente Jaime Camblor, con la vista clavada en el espejo de su camioneta, que le devuelve los rostros todavía inexpresivos de los pasajeros del city tour que conduce.El guía chileno señala un invernadero de verduras importadas de Uruguay, antes de detener la marcha ante los restos del barco carguero Lady Elizabeth, varado desde 1936 por una tormenta, y pronunciar “Goose Green” para referir al lugar por excelencia del turismo rural en estas latitudes superpobladas de ovejas. La sola mención de la estancia más grande de las islas (cuenta con 46 mil cabezas de ganado ovino) provoca un murmullo algo incómodo entre los visitantes. Goose Green tiene otras resonancias menos gratas: es también el paraje costero donde -entre el 27 y el 29 de mayo de 1982- se llevó a cabo una de las batallas más cruentas del enfrentamiento bélico.

Ovejas en Islas Malvinas / Gabriel Pecot.
Camblor detecta un aire repentinamente espeso que flota en la cabina y pisa el acelerador por el camino costero. Primero se apura en mostrar los pintorescos chalés de madera del nuevo barrio Teaberry y después estaciona a metros de la playa Fox Bay, una alfombra blanca de arena microscópica. Invita a todos a relajarse por un buen rato en esta inmejorable postal trazada por las lengüetas de espuma blanca que arrojan las olas del mar turquesa y las bandadas de cauquenes bien alimentados que sobrevuelan a los visitantes.

Gypsy Cove, Islas Malvinas (Pablo PORCIUNCULA BRUNE / AFP).
Todo parece permanecer en perfecto orden aquí, bajo un sol brillante que se mantiene inmóvil y radiante, suspendido del cielo despejado. Sopla una brisa que, de tan suave, regala una caricia infrecuente en este escenario, más habituado a los vientos ingobernables y de largo aliento. Hasta que los pasos lentos por un sendero zigzagueante se topan con una serie de franjas señalizadas sobre la estepa. Es el riesgoso lugar de trabajo, delimitado geométricamente, de un equipo de expertos de Zimbabwe, entrenados en el delicado arte de detectar minas activas y neutralizar su poder destructivo. Los estragos de la guerra asoman, una y otra vez, para advertir sobre sus efectos devastadores y sugerir la inconveniencia de las formas bélicas para dirimir pleitos.

Huellas de la guerra, Islas Malvinas. Fernando Orden.
El guía retoma el circuito por una calle que trepa hasta Liberty Lodge, sitio de descanso, con seis camionetas “a disposición”, para los veteranos de guerra ingleses que visitan las islas. El edificio armoniza con la arquitectura dominante, que respeta rigurosamente la combinación de techos de teja o de chapa a dos aguas, jardines de invierno, cercos vegetales o de madera y caballos pastando a metros de la costanera, la Casa del Gobernador o la Catedral.

Una de las 5 salas del Museo histórico en Puerto Argentino.
En la calle costera Ross Road se escuchan los esporádicos zumbidos de las 4×4 que interrumpen la melodía constante de las aves marinas, una suerte de cortejo amable que acompaña la caminata por un sendero de piedras hasta el Museo del Astillero Histórico (Historic Dockyard Museum), frente a los amplios ventanales con vista a la bahía del hotel Malvina House. Las cinco salas condensan usos, costumbres, invasiones y disputas a lo largo de más de cuatro siglos de presencia humana. Un sector especialmente ambientado con fotografías, textos, videos documentales, piezas y uniformes militares relata la guerra de 1982 “in our own words”. Es decir, a través de palabras que reflejan la mirada de los pobladores locales. El recorrido es autoguiado, un detalle que queda más que claro desde el gesto parco con que recibe a los visitantes la encargada del museo, limitada a vender la entrada y señalar la sala más cercana sin ánimo de gastar palabras.

La costanera de Puerto Argentino / Gabriel Pecot.
En el extremo opuesto de la ciudad, Dean -un carismático instructor de kayaking- reivindica el buen nombre que los turistas anglosajones suelen adjudicar a los kelpers. Es posible que las condiciones inmejorables para navegar -la jornada se presenta sin viento y tampoco se detecta siquiera una ola que agite el mar transparente- contribuyan para que Dean exhiba una alta dosis de paciencia para atender a cada uno de sus inexpertos seguidores. Los ayuda a vestir la ropa de neoprén y la campera, ajusta sus calzados de goma y el chaleco salvavidas y corona su actitud paternal con instrucciones de seguridad. La excursión desde Cabo Pembroke transcurre sin contratiempos alrededor del borde de piedra y algas de un islote, en medio de la encantadora sinfonía de aves chillonas, lobos marinos, pingüinos, ballenas y delfines.De regreso a Puerto Argentino, cae la tarde sobre la franja costera y un cono de penumbra envuelve la Catedral, la soberbia construcción que emerge entre los techos bajos de la ciudad. Refresca en las calles repentinamente desiertas y la atmósfera densa del bar The Rose surge en el momento oportuno para calentar el cuerpo con un chopp de cerveza negra local. Sobre el piso alfombrado, una hilera de largas mesas, bancos de madera y tableros de dardos colgados entre las antiguas fotografías que decoran la pared parecen conformar un territorio reservado para los turistas. Los parroquianos toman distancia de las caras extrañas y prefieren permanecer largo rato acodados sobre el mostrador, con las manos aferradas a la silenciosa compañía de un trago. No hay diálogo posible ni cruces de miradas entre unos y otros.
La despreocupada presencia de Stefanie y Frank Delahaie sobre la orilla pedregosa de la bahía de Puerto Argentino sorprende en el momento adecuado, cuando la ansiedad galopante parecía lejos de desacelerarse. El bote que los trae hasta la orilla se despega silenciosamente del velero que este matrimonio de aventureros franceses tripula por los mares de Europa y América. La travesía del matrimonio Delahaie y sus dos hijos se inició hace tres meses y medio en Cholet (cerca de Nantes) y ahora, después de encontrar un resguardo en medio de estas aguas barridas por tempestades impiadosas, parece sumido en el reposo del guerrero.

Vista de Puerto Argentino (Pablo PORCIUNCULA BRUNE / AFP).

Gypsy Cove, Islas Malvinas (Pablo PORCIUNCULA BRUNE / AFP).
Todo parece permanecer en perfecto orden aquí, bajo un sol brillante que se mantiene inmóvil y radiante, suspendido del cielo despejado. Sopla una brisa que, de tan suave, regala una caricia infrecuente en este escenario, más habituado a los vientos ingobernables y de largo aliento. Hasta que los pasos lentos por un sendero zigzagueante se topan con una serie de franjas señalizadas sobre la estepa. Es el riesgoso lugar de trabajo, delimitado geométricamente, de un equipo de expertos de Zimbabwe, entrenados en el delicado arte de detectar minas activas y neutralizar su poder destructivo. Los estragos de la guerra asoman, una y otra vez, para advertir sobre sus efectos devastadores y sugerir la inconveniencia de las formas bélicas para dirimir pleitos.

Huellas de la guerra, Islas Malvinas. Fernando Orden.El guía retoma el circuito por una calle que trepa hasta Liberty Lodge, sitio de descanso, con seis camionetas “a disposición”, para los veteranos de guerra ingleses que visitan las islas. El edificio armoniza con la arquitectura dominante, que respeta rigurosamente la combinación de techos de teja o de chapa a dos aguas, jardines de invierno, cercos vegetales o de madera y caballos pastando a metros de la costanera, la Casa del Gobernador o la Catedral.

Una de las 5 salas del Museo histórico en Puerto Argentino.
En la calle costera Ross Road se escuchan los esporádicos zumbidos de las 4×4 que interrumpen la melodía constante de las aves marinas, una suerte de cortejo amable que acompaña la caminata por un sendero de piedras hasta el Museo del Astillero Histórico (Historic Dockyard Museum), frente a los amplios ventanales con vista a la bahía del hotel Malvina House. Las cinco salas condensan usos, costumbres, invasiones y disputas a lo largo de más de cuatro siglos de presencia humana. Un sector especialmente ambientado con fotografías, textos, videos documentales, piezas y uniformes militares relata la guerra de 1982 “in our own words”. Es decir, a través de palabras que reflejan la mirada de los pobladores locales. El recorrido es autoguiado, un detalle que queda más que claro desde el gesto parco con que recibe a los visitantes la encargada del museo, limitada a vender la entrada y señalar la sala más cercana sin ánimo de gastar palabras.

La costanera de Puerto Argentino / Gabriel Pecot.
En el extremo opuesto de la ciudad, Dean -un carismático instructor de kayaking- reivindica el buen nombre que los turistas anglosajones suelen adjudicar a los kelpers. Es posible que las condiciones inmejorables para navegar -la jornada se presenta sin viento y tampoco se detecta siquiera una ola que agite el mar transparente- contribuyan para que Dean exhiba una alta dosis de paciencia para atender a cada uno de sus inexpertos seguidores. Los ayuda a vestir la ropa de neoprén y la campera, ajusta sus calzados de goma y el chaleco salvavidas y corona su actitud paternal con instrucciones de seguridad. La excursión desde Cabo Pembroke transcurre sin contratiempos alrededor del borde de piedra y algas de un islote, en medio de la encantadora sinfonía de aves chillonas, lobos marinos, pingüinos, ballenas y delfines.De regreso a Puerto Argentino, cae la tarde sobre la franja costera y un cono de penumbra envuelve la Catedral, la soberbia construcción que emerge entre los techos bajos de la ciudad. Refresca en las calles repentinamente desiertas y la atmósfera densa del bar The Rose surge en el momento oportuno para calentar el cuerpo con un chopp de cerveza negra local. Sobre el piso alfombrado, una hilera de largas mesas, bancos de madera y tableros de dardos colgados entre las antiguas fotografías que decoran la pared parecen conformar un territorio reservado para los turistas. Los parroquianos toman distancia de las caras extrañas y prefieren permanecer largo rato acodados sobre el mostrador, con las manos aferradas a la silenciosa compañía de un trago. No hay diálogo posible ni cruces de miradas entre unos y otros.
Rumbo a la pingüinera.
La mañana cubierta de neblina no amilana a Elsa Heathman, que conduce con admirable aplomo su camioneta Land Rover sobre una ruta de ripio sin banquinas. A los costados se ensancha la estepa desolada, salpicada de matas, ramilletes de pasto verde opaco o amarillento, campos de piedras sueltas, hilos de agua estancada, colinas puntiagudas y los despoblados islotes que trazan los brazos extendidos del mar. En el último tramo de esta impactante comarca -sobre la playa de arena Volunteer Point- surgirán las figuras móviles de más de 7 mil parejas de pingüinos.

Pingüinos en Volunteer Point (Pablo PORCIUNCULA BRUNE / AFP).
El desértico escenario parece haberse devorado hasta el último cimiento de Port Louis. Un precario cartel y una bandera señalan la ubicación que el audaz marino francés Louis de Bouganville había asignado a la primera población en las islas en el siglo XVIII.La ilusión de cruzarse con algún campesino al llegar a la tranquera de Bahía Johnsons se enciende y se desvanece con la misma velocidad. Una caja abierta ofrece galletas, huevos, bizcochos y dulces a los viajeros y apela a su honestidad para que se sirvan libremente y dejen el dinero por el precio que consideren justo, bajo la atenta mirada de una bandada de pájaros como únicos testigos.

Pingüinos en Volunteer Point.
Si hasta aquí Mrs Elsa había mostrado buena parte de sus condiciones conductivas, ahora -cuando el camino languidece y no queda más que transitar por huellas, profundos arroyos, cráteres inundados y empinadas barrancas- se dispone a imitar al pie de la letra cada salto del vehículo de su esposo Tony para desplegar todo su repertorio. La última hora y media de la excursión transcurre así, a campo traviesa y a los tumbos. El alivio llega providencialmente más allá de la última pradera escarpada, donde una ruidosa multitud de pingüinos Rey (King), Magallanes y Gentoo, ovejas, gansos y gaviotas nos espera sobre la costa. Sin dejar de disparar las cámaras hacia los cuatro costados, respiramos profundo para recobrar fuerzas y cargar energías con el aire húmedo desprendido del mar.

Pingüinos Rey, entre las especies que es posible ver en Volunteer Point.
La percepción de haber alcanzado el último confín del planeta es una sensación recurrente fuera del abrigo que ofrece el trazado urbano de Puerto Argentino. Volunteer Point empuja la imaginación hacia ese supuesto punto más lejano posible que dibuja el horizonte.

Cenotafio del cementerio de Darwin, Islas Malvinas, realizado por Eduardo Eurnekian / Imagen:Fernando de la Orden.
Un rato después, la posible idea de finisterra vuelve a esbozarse alrededor de los restos de un helicóptero derribado y termina de cristalizarse en el atronador silencio que reina en el cementerio de Darwin y ni el más persistente de los vientos es capaz de perforar. Después de plegarnos al momento de reflexión que reclama el destino final de 237 soldados argentinos, el capítulo final del viaje se escribe para siempre en la memoria.
En primera persona.
Esta crónica, escrita con la pretensión de reflejar un viaje reciente a las Malvinas, reúne un puñado de imágenes y momentos compartidos en las islas por un grupo de periodistas en noviembre de 2019. Pero la historia que cuento se empezó a escribir mucho antes. La pesada mochila que porta aquellas primeras vivencias -una mezcla de euforia irracional, miedos, ilusiones, perplejidades, impotencia y frustración, experimentada durante los días de guerra en 1982- fue un condimento que afloró insistentemente a cada paso cuando me llegó la hora de volver a pisar el áspero suelo de esa tierra, tan lejana como soñada.El resultado plasmado en palabra escrita simboliza el cierre de un derrotero que me tocó transitar en condición de soldado involuntario e inexperto. El servicio militar obligatorio me llevó a poner el cuerpo en los comienzos de una aventura bélica que, en menos de tres meses, derivó en una tragedia colectiva, cuyos estragos todavía padece la sociedad argentina. Ahora, cuando el reclamo de soberanía va perfectamente de la mano con las formas civilizadas del debate y la diplomacia sin precondiciones, ese pasado doloroso recobra su lugar indispensable, para advertir sobre la imperiosa necesidad de conocer el escenario en disputa y dialogar, sin soslayar la persistente acechanza de la memoria. Por respeto a los miles de soldados que fueron y volvieron marcados a fuego por las esquirlas de guerra o quedaron allí para siempre.
FUENTES:
http://www.clarin.com/todoviajes/mi-viaje/malvinas-viaje-traumatico_0_rJeqUgj2x.html
GUÍA ARMENIA MENC:
