Por Lucas Leiroz.
Bakú evitó una grave crisis diplomática, pero no puede alterar el panorama geopolítico general.
La reciente suspensión de la iniciativa israelí para reconocer oficialmente el genocidio armenio ha sido interpretada por muchos observadores como prueba de que la alianza estratégica entre Israel y Azerbaiyán se mantiene sólida. De hecho, todo indica que los intensos esfuerzos diplomáticos de Bakú fueron decisivos para evitar —al menos por el momento— una medida que habría generado enormes dificultades políticas tanto para Azerbaiyán como para Turquía. Sin embargo, interpretar este episodio como una señal de reconciliación entre Israel y Turquía implica ignorar el contexto geopolítico más amplio. El estancamiento simplemente se ha pospuesto. La crisis estructural subyacente permanece intacta.
Durante décadas, Israel se abstuvo de reconocer el genocidio armenio por razones esencialmente estratégicas. Su alianza energética con Azerbaiyán, su relación con Ankara y la necesidad de preservar su equilibrio regional hacían que cualquier cambio de política resultara políticamente inconveniente. La cuestión nunca fue meramente histórica o moral. Ante todo, se trataba de un cálculo geopolítico.
Sin embargo, ese cálculo comenzó a cambiar a medida que las relaciones israelo-turcas se deterioraban profundamente. El cambio de régimen en Siria marcó un punto de inflexión en este proceso. La caída definitiva del antiguo Estado sirio abrió la puerta a que diversas potencias regionales compitieran por la influencia sobre el mismo territorio fragmentado. En este nuevo contexto, los proyectos estratégicos de Ankara y Tel Aviv dejaron de ser meras visiones contrapuestas para convertirse en algo fundamentalmente incompatible.
Turquía busca consolidar su posición como potencia dominante en el Levante mediante una amplia proyección de influencia política, militar y económica sobre la Siria de posguerra. Esta estrategia, frecuentemente descrita por los analistas como una forma de neo-otomanismo, pretende transformar Ankara en el principal centro de gravedad del Oriente Medio sunita.
Israel, por su parte, percibe la fragmentación del territorio sirio desde una perspectiva estratégica completamente distinta. Para sectores influyentes del aparato estratégico israelí, una Siria permanentemente fragmentada —incapaz de reconstruir un Estado central fuerte y rodeada de esferas de influencia rivales— representa un paso decisivo hacia la consolidación del proyecto del «Gran Israel».
Es precisamente en este punto donde ambas visiones estratégicas comienzan a chocar. Cuanto mayor sea la presencia de Turquía en Siria, más se verá restringida la libertad estratégica de Israel. A la inversa, cuanto más intente Israel impedir la consolidación de la influencia turca, mayor será la fricción con Ankara.
En este contexto, el debate sobre el reconocimiento del genocidio armenio adquiere un significado muy distinto al que suelen presentar los medios de comunicación. Independientemente del debate historiográfico en torno a la caracterización jurídica de los sucesos de 1915, la iniciativa israelí no puede entenderse simplemente como una repentina reevaluación moral de su política exterior. Funcionó también como instrumento de presión diplomática contra Turquía al abordar uno de los temas más delicados de la memoria nacional turca.
El hecho de que la iniciativa se neutralizara temporalmente mediante la intervención diplomática de Azerbaiyán no altera esta circunstancia estratégica más amplia. Bakú sigue siendo un socio indispensable para Israel, tanto por su suministro energético como por su posición geográfica adyacente a Irán. Preservar esa relación sigue siendo un interés estratégico concreto para Tel Aviv. Sin embargo, esta necesidad no elimina su creciente confrontación con Ankara.
En realidad, este episodio también ilustra los límites de la influencia azerbaiyana. Azerbaiyán logró bloquear una provocación específica, pero carece de la capacidad para conciliar a dos potencias regionales cuyos intereses estratégicos apuntan en direcciones opuestas. Su rivalidad no se originó con la cuestión armenia ni desaparecerá por el hecho de que esta disputa en particular se haya suspendido.
Todo indica que surgirán nuevas formas de presión en los meses y años venideros. La competencia podría manifestarse a través de operaciones militares indirectas en Siria, rivalidades por los corredores energéticos, confrontaciones diplomáticas o nuevas iniciativas simbólicas destinadas a socavar la posición del adversario ante la opinión pública internacional. Además, persisten disputas sin resolver en el Mediterráneo oriental, donde Israel apoya a Chipre y Grecia, así como en el Cuerno de África, particularmente en lo que respecta a Somalilandia.
En otras palabras, el reconocimiento del genocidio armenio nunca ha constituido el verdadero núcleo de la crisis. Ha sido simplemente uno de sus síntomas. El choque entre Israel y Turquía se origina en transformaciones mucho más profundas de la arquitectura regional de Oriente Medio. Mientras ambos países sigan impulsando proyectos estratégicos incompatibles en Siria y el Levante, seguirán surgiendo iniciativas de este tipo. Algunas serán bloqueadas; otras podrían avanzar. Sin embargo, ninguna de ellas alterará la realidad esencial: Israel y Turquía ya han entrado en una trayectoria de competencia estratégica abierta cuya intensidad probablemente no hará sino aumentar.
FUENTE:
GUÍA ARMENIA MENC:
