La diáspora armenia es nuestro hábitat natural ya que todos nacimos dentro de ella. Somos armenios en segunda, tercera, cuarta o quinta generación de aquéllos que la constituyeron.
Es evidente que es algo nuestro, que mencionarla es hablar de nosotros mismos y que está inserta en nuestra existencia.
Y como cada uno de nosotros tiene la pretensión natural de edificar nuestras vidas de acuerdo al modo aristotélico, es decir, teniendo en miras la búsqueda de la felicidad (más allá del contexto), la incorporamos en nuestro día a día.
Todos le hemos tomado cariño a las cuestiones que en el devenir de nuestras actividades cotidianas nos hacen conocer que existe una diáspora armenia pujante.
Una que nos envuelve, nos acompaña, que algunos pueden criticar pero que muchos pueden honestamente sentir como que despierta y garantiza el orgullo de ser armenio o armenia.
Es claro que los colegios en donde fuimos alumnos o llevamos a nuestros hijos a que lo sean, los otros colegios que conocemos casi familiarmente, los restaurantes en donde vamos a comer nuestras comidas típicas, los clubes en donde nos recreamos, las instituciones en donde celebramos actos patrióticos, los coros donde cantamos, los conjuntos donde bailamos, los comités donde militamos, las iglesias donde rezamos, todos y cada uno de los lugares físicos por donde se expresa el sustantivo abstracto o inmaterial denominado diáspora que nos une en armenidad van fortaleciendo nuestra identidad y nos sentimos parte integrante y activa de la nación armenia, otorgándonos una sensación de plenitud connacional.
Ahora bien. Este sentimiento genuino, natural y lógico, no nos puede confundir al hacer análisis sobre nuestra realidad como armenios y sobre qué es y qué alcances tiene la diáspora armenia en la realidad política y jurídica internacional y en cómo ella debe ser usada para el bien del interés nacional armenio.
La diáspora no tiene entidad jurídica o territorial, es simplemente una realidad de hecho que es el reflejo y la consecuencia de la gran tragedia que aconteció sobre nuestro pueblo.
Es el medio de subsistencia de los sobrevivientes de un pueblo masacrado mediante la perpetración de un genocidio. Y de esos supervivientes hemos nacido nosotros ya inmersos de lleno en la diáspora, estrenando la nacionalidad de suelo recién adquirida y portando la milenaria de sangre armenia que contiene un mandato claro de la Patria, que es el de hacer justicia por nuestros mártires y el de recuperar nuestras tierras milenarias y sagradas de las garras de los usurpadores.
Luego, encariñarse y sentir pertenencia sobre la diáspora como si fuera un fin en sí mismo, es decir, como si se tratara de un nuevo orden establecido para siempre y manifestar, como se lee y se escucha a menudo dentro de ella, de que hay armenios que tienen más sentido de pertenencia en la diáspora que al estar pisando a la propia Patria, es un síntoma de una clara anomalía que evidentemente es consecuencia directa del genocidio cuando no de la ignorancia.
Sería necio negar que ese sentimiento genuinamente existe en mucha gente pero lejos de ponderarlo como un activo que merece ser cuidado y fortalecido, cada uno debe reflexionar que sentir o pensar así no denota lucidez intelectual sino un acostumbramiento rutinario que debe activar nuestras alertas para no permitir que ese hábito en el accionar obstaculice el objetivo patriótico y de primer orden que es el de perseguir la recuperación de nuestras tierras.
Relajarnos y coquetear con la idea de que nuestro lugar está eternamente designado en el lugar de nacimiento dentro de la diáspora nos hace funcionales a que se perpetúe el status quo tal cual como está, con nuestras tierras usurpadas por el genocida mientras transitamos un camino que desembocará en la pérdida de nuestra armenidad en forma inevitable con el paso de las generaciones.
A esta altura del relato ya podemos concluir con claridad que la diáspora es una consecuencia de hecho (triste y lamentable por cierto ya que deviene del genocidio) y nada más.
Entonces, defender conceptualmente a la diáspora como si realmente fuera algo más que un grupo de víctimas exiliadas que dentro de su miserable condición (filosóficamente hablando) viven de la mejor manera posible (materialmente hablando) preservando su identidad mediante la construcción de infraestructura a tal fin.
Además, insistir en quitarle a sus integrantes la obligación de organizarse en la búsqueda de la recuperación de las provincias armenias usurpadas, sería aceptar un nuevo orden impuesto a partir de la perpetración del genocidio y en desmedro del pueblo víctima del mismo.
Sería admitir la derrota y dar por ganado el partido al opresor, al genocida, al usurpador, lo que además de ser catastrófico para el interés nacional armenio es moralmente inaceptable, máxime cuando importantes países del mundo han determinado que esas tierras son armenias.
Nosotros, somos integrantes de la diáspora armenia pero no tenemos esa condición, es decir, integramos la diáspora pero no somos diaspóricos.
Los armenios somos un pueblo sedentario, originario y autóctono que por miles de años vivió en un mismo territorio y particularmente nosotros, desde que nacimos somos ciudadanos armenios del Estado Armenia reconocido durante el año 1920 por estos países:
Estados Unidos de Norteamérica, Inglaterra, Francia, Italia, Irlanda, Escocia, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, India, Bélgica, Grecia, Polonia, Portugal, Rumania, Japón, los continuadores jurídicos de la ex Yugoeslavia, los continuadores jurídicos de la ex Checoeslovaquia, Suiza, Uruguay, Perú, Venezuela, El Salvador, Brasil, Argentina y Turquía.
Pero como por la imposición de la fuerza contra nuestros mayores, nuestro Estado está usurpado y esa usurpación es tolerada por la geopolítica internacional imperante, sólo para sobrevivir de las matanzas planificadas contra nuestro pueblo y por la imposibilidad de vivir o visitar nuestras tierras autóctonas, nos encontramos conformando una diáspora de hecho. Simple.
¿Comprende la importante diferencia conceptual entre integrar una diáspora de hecho para no perder la identidad con el objetivo de recuperar a la Patria usurpada, con la de integrar una diáspora y sentir que es ella nuestra única y estable realidad y que debemos fortalecerla y engrandecerla como un fin en sí mismo para que funcione como un satélite favorable a la actual República de Armenia y renunciando a nuestras provincias armenias invadidas por turcos y azeríes?
Comprender la diferencia entre un concepto y otro es esencial para la supervivencia del pueblo armenio y del Estado Armenia. La diáspora no debería existir. Es mala per sé, ya que para su existencia es condición necesaria el evento previo de la desgracia de un pueblo.
Pero como es un producto de la realidad y nosotros la integramos desde que nacimos, lo que queda por debatir es qué hacemos con ella. Es evidente que la diáspora tiene sus días contados.
Intentar que llegue plena al fin de la humanidad, además de ser un plan perjudicial para el interés nacional armenio es un objetivo de una victoria imposible, ya que es obvio que por más esfuerzos que se prodiguen la diáspora desaparecerá en tres, cuatro o cinco generaciones.
Como se ha expresado en otros escritos, la diáspora como concepto pudo haber fenecido en 1991 si la dirigencia soviética armenia hubiera tenido la valentía de haber escrito en el manifiesto de independencia que presentaron al mundo el 23 de agosto de 1990 que ellos se reivindicaban como el Estado continuador jurídico del Estado Armenia sujeto de derecho internacional público desde 1920.
Si así se hubiera procedido, la actual República de Armenia no sería un Estado independiente desde 1991 sino que sería parte de nuestro Estado con vigencia desde 1920.
Todos los que nos encontramos en la diáspora seríamos ciudadanos armenios de la actual República de Armenia integrando un Estado con derecho internacional para el reclamo territorial de todo nuestro suelo histórico declarado armenio internacionalmente en el año 1920 y usurpado principalmente por el Estado genocida e impune de Turquía.
Pero como los hechos políticos y jurídicos sucedieron de otra forma, con la actual República de Armenia separándose de nosotros y de nuestro Estado y convirtiéndose en un nuevo país armenio que nos dejó a nosotros fuera de él, la perplejidad sobre este grave suceso no conocido aún por el grueso del pueblo nos confunde al razonar y hace necesaria la existencia de artículos como el presente que adquieren valor al intentar brindar claridad conceptual a nuestro pueblo armenio.
Infortunadamente el paso dado en 1991 priva desde entonces y para siempre a la actual República de Armenia a poder reivindicar cualquier centímetro de tierra que exceda los 29.743 km2 que la constituyen, ya que su separación del resto de la Patria para constituirse en un país independiente le impide tal reclamo.
Pero también se ha afirmado que ese derecho sigue intacto para los ciudadanos del Estado Armenia reconocido en 1920, y que nosotros podemos ejercerlo unidos y organizados mediante el gobierno del Estado continuador jurídico de aquél, que es el actual gobierno de la República de Armenia Occidental.
Por lo tanto, la correcta comprensión de nuestra realidad social, política y jurídica, nos debe hacer concluir que se trata de un yerro muy grande el que comete todo el status quo armenio (de la actual República de Armenia y de la diáspora) al sostener y proclamar que el paradigma de la armenidad es que sólo existen la actual República de Armenia y una diáspora fuerte diseminada por el mundo para apoyarla invariablemente.
Esa posición es autodestructiva para el interés nacional armenio y significa a la larga el fin de la armenidad, porque la diáspora desaparecerá con el paso del tiempo y porque la actual República de Armenia será atacada por nuestros enemigos en el momento históricamente propicio.
La posición que sirve al interés nacional armenio es ver con claridad cuál es la realidad jurídica del pueblo armenio y en ese sentido es claro que existen dos Estados reconocidos en el derecho internacional público, el de 1920 y el de 1991 que se constituyó con una parte de aquél.
Por ello, debemos resignificar a la diáspora de hecho comprendiendo que no somos simples integrantes de ella sino que todos sus componentes somos ciudadanos armenios del Estado Armenia reconocido internacionalmente en 1920, que tiene hoy en funcionamiento a un gobierno del Estado continuador jurídico llamado República de Armenia Occidental del que todos somos parte.
Mientras edificamos nuestros proyectos individuales y familiares en la búsqueda de la felicidad, también colectivamente podemos aprovechar la posición estratégica del funcionamiento de nuestras colectividades en las principales ciudades del mundo para preparar tácticas de presión política.
Mientras robustecemos a todas las instituciones de la diáspora con un gran denominador común que las revitalizará hasta alcanzar el objetivo patriótico, que no es otro que trazar las planificaciones necesarias para recuperar nuestras provincias usurpadas.
Utilizando a tal fin todos nuestros recursos, que por supuesto incluyen nuestro trabajo en las Naciones Unidas (ONU)) y desarrollando alianzas políticas con apoyo en el derecho internacional público.
Los gobiernos de la actual República de Armenia y de la República de Armenia Occidental deben trabajar en forma mancomunada por el interés nacional armenio, complementándose en el plano político y jurídico internacional.
Defendiendo la integridad territorial de la actual República de Armenia y recuperando cada una de las provincias armenias que componen a la actual República de Armenia Occidental, que es el Estado continuador de nuestro Estado Armenia reconocido internacionalmente en 1920.
No se deje engañar por el status quo. Es falso que sólo exista la actual República de Armenia con una población de armenios verdaderos y una diáspora de armenios del corazón destinada a socorrer a ésta. Nosotros existimos. Somos armenios plenos.
No somos una diáspora como entidad que define nuestra identidad, sino que somos ciudadanos del Estado Armenia (hoy ciudadanos de la República de Armenia Occidental por carácter transitivo) que vivimos en una diáspora de hecho y que tenemos como misión hacer justicia por nuestros mayores y recuperar cada una de las provincias armenias que constituyen nuestra Patria ancestral.
Este es el paradigma armenio del siglo XXI, siglo en el que produciremos la epopeya histórica de un pueblo milenario recuperando lo que es suyo por derecho propio. No se quede afuera. Su lugar es necesario, único e irremplazable. Armenia Occidental somos todos.
Dr. Guillermo A. Karamanian,
Embajador de la República de Armenia Occidental en la República Argentina.
GUÍA ARMENIA MENC:
